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Cosas que los niños deben hacer en verano

El Yellow Day, 20 de junio, es el día más feliz del año. Quizás tenga mucho que ver con que es el pistoletazo de salida del verano, hay más horas de luz y los niños comienzan sus ansiadas vacaciones. Sí, las vacaciones. Todos los niños/as deberían tener derecho a disfrutarlas íntegramente como hacíamos las generaciones pasadas. ¿Os acordáis? Tres meses completos de días larguísimos sentados en cualquier portalón del pueblo de los abuelos. Saboreando un helado. Trasnochando en terrazas de la plaza. Saltando ríos. Escalando piedras. Mucho han cambiado las cosas hoy en día y somos más los padres y madres que tenemos que echar manos de campamentos urbanos para cubrir nuestra jornada laboral.  

Pero sea como sea, y al margen del ritmo trepidante que nos impone la sociedad actual, para los más pequeños de la casa, el solo hecho de no tener que seguir una marcada rutina, ya es señal de que el botón de vacaciones se ha puesto en ‘on’. Y es tiempo de divertirse. Y por qué no. También de aburrirse. ¿Necesitáis ideas? 

En la ciudad

  • Ensuciarse con arcilla. Un taller de arcilla al aire libre. Sin importar que la ropa se ensucie. Permitiendo a los niños moldear figuras, retozar, mancharse, deslizarse sobre la arcilla mojada. Disfrutar, en definitiva, del placer que les produce sentirse libres sin que nadie les diga: “Cuidado, que os mancháis”. Lo bueno del verano es que los niños/as pueden estar simplemente con un pañal o unas braguitas o calzoncillos y mancharse todo lo que quieran sin miedo a echar a perder la ropa. 
  • En remojo a todas horas. Mojarse, chapotear, bañarse. Dejar que los niños salgan de la piscina con los dedos arrugados y tiritando de frío. Será señal de que han estirado al máximo y ya han tenido diversión más que de sobra. Y si no tenéis una piscina en vuestra urbanización de la que echar mano, cualquier aspersor de un parque es bueno para disfrutar a tope de una jornada estival. Y si tampoco dais con uno, una buena guerra de agua con flús flús o globos también les ayudará a descargar energía y a mitigar el calor. 
  • Dejarles que os ayuden a cocinar cosas divertidas. Por ejemplo, helados de chocolate o de frutas frescas. El placer de saborear algo que ellos han ayudado a hacer es infinito. Y, además, seguro que su elaboración es mucho más sana. 

En el campo

  • Tirar piedras a un riachuelo. O a un río, o a un pantano… Dejarles que se relajen viendo las ondas sobre el agua.  
  • Observar el trabajo sesudo de las hormigas. Localizar un pequeño hormiguero desde el que contemplar cómo las hormigas van y vienen llevando víveres con los que afrontar los duros meses de invierno. Unos minutos junto a ellos contemplando la vida en miniatura, valen más que millones de páginas de un libro de texto. 
  • Acostarse tarde mirando las estrellas. Qué maravilloso placer sentir el frescor de la hierba en la espalda mirando un cielo cargado de estrellas en cualquier lugar idóneo para ello. Dejadles que al menos lo hagan una vez en el verano, sin importar la hora en que se vayan a dormir. 

En el pueblo de los abuelos

  • Salir con una sillita a la fresca al portalón: Mientras las horas del reloj van pasando. Enseñarles la gente que va. Y saludar. Como solíamos hacer nosotros de pequeños mientras sacábamos del bolso de la abuela el abanico para refrescarnos. 
  • Terracear hasta tarde: No pasa nada porque una noche nos dén la 1 y las 2 y las 3, como diría Sabina, en una terracita a la fresca. Una vez al año, no hace daño. Precisamente para esos días en los que las cenas fuera de casa se suceden, los tarritos ecológicos Yammy, elaborados artesanalmente con frutas y verduras de temporada, se convierten en el aliado perfecto.   

En la playa

  • Enterrarse con arena. En la playa, enterrarse con arena es uno de los grandes placeres después de un baño de agua salada. Echar sobre los peques arena caliente hasta cubrirles casi por completo. Y luego hacerles una foto para el recuerdo. 
  • Explorar rocas. Enseñarles el hábitat de las lapas, los cangrejos o los mejillones. Les encantará saber dónde y cómo viven. Y coger algún cangrejo y tocarlo. Y, por supuesto, dejarlo luego en libertad. 
  • Enseñarles un atardecer. Tumbados sobre una piedra, sentados en un muelle, en cualquier lugar mostrarles la belleza del astro rey escondiéndose en el horizonte marino tras un día de verano.  

En cualquier lugar 

  • Aburrirse. “Papá, mamá, me aburro”. Es una frase que se empieza a escuchar a medida que crecen. ¡Y qué sano es aburrirse! Nunca jamás combatir el aburrimiento dejándoles una tablet o el móvil. En verano, las pantallas, cuanto más alejadas, mucho mejor. 

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